Nuestra maestra...
Elena Berger
iniciaba
las clases,
con voz firme
y erudita,
“que si el arte Rupestre
que si las Cruzadas”,
o hacía
un paréntesis
para contemplar
el rostro misterioso
y apacible
de La Mona Lisa.
Imaginábamos
junto a ella,
al Ulises navegante
sorteando rocas
y escapando
de tormentas
en la búsqueda
de Circe,
mientras Penélope
desandaba caminos
y desenredaba
estambres de colores.
Repetíamos sin cesar
el pluscuamperfecto
y el pospretérito
y por supuesto
el copretérito de amar,
¡ah... si!,
el copretérito de amar,
amaba...
La larga jornada
nos sorprendía
con el inminente
crepúsculo.
Si..., Elena Berger
se prodigaba
por completo.
En sus cátedras
magistrales
nos daba
parte de su alma
cuando a borbotones
soltaba una a una
sus palabras sabias.
Compartía
con nosotras,
cabezas atolondradas,
sus lecturas de cabecera,
“El Principito”,
“Platero y yo”,
a Bécquer,
a la Mistral
y a Nicolás Guillén,
entre una larga lista
de autores.
El Principito
pernoctaba
en su asteroide
en busca de su rosa
y... también
de quien tuviera ojos
como decía Elenita,
“de ver al elefante
dentro de la enorme
boa constrictor”.
boa constrictor”.
Atentas
escuchábamos
su lectura:
La que contaba
del pequeño Platero:
“peludo, suave;
tan blando por fuera,
que se diría
todo de algodón,
que no lleva huesos.
Sólo los espejos de azabache
de sus ojos
son duros
cual dos escarabajos
de cristal negro...”
Continuábamos
con las golondrinas
de Gustavo Adolfo
aquellas “que tendían sus nidos”,
y luego “los piececitos
azulosos de frío..” de Gabriela
los que “se cubrían
suavemente
con las alas esmeralda
de una mariposa”,
y... retumbaba el
“yambambó yambambé
que repica el
congo solongo” de Guillén,
que estremecía candente
a todas en el salón,
los versos y las palabras
iban y venían
y al final quedaban
prendidas de los labios
de nuestra maestra,
y ella de pie y erguida
se mostraba
como una reina,
repitiendo continuamente
“saben..., la aristocracia
no se adquiere,
se trae desde la cuna...”,
nos decía inclinando
suavemente la cabeza.
Con sus rizos oscuros
flotando en el viento
caminaba de prisa,
de una clase a la otra
queriéndole ganar
la carrera al tiempo
y al timbre incisivo,
timbre que nos metía
al aula a todas
casi a empujones
para no perder
la siguiente materia.
Al empezar la clase
se transformaba
y como un río
se iba dando poco a poco
hasta convertirse
en una cascada...
Si..., Elena era así, ,
fuerte como una roca,
recia como un soldado,
apasionada como
el océano
pero especialmente
muy llena de amor.
Así era Elena Berger,
nuestra maestra,
si ella era así,
una dama en verdad...
A usted Elena
le rendimos homenaje
hoy,
hoy,
inclinamos
la cabeza
la cabeza
ante usted,
le damos las gracias,
mil gracias
por todo lo que nos dio,
por esa parte suya
esa parte
que se nos quedó
incrustada,
incrustada,
muy pegada en el alma
y metida
en lo más profundo
de nuestro
corazón...
corazón...
Miriam de León Escobar
Panamá, enero 23 de 2007.